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Me gusta volar cometas.
En la playa, por la tarde cuando el olor a aceites bronceadores o protectores deja paso a la sal y la luz se tamiza, pasear por la orilla volando una cometa aprovechando que el viento acude al atardecer como al amanecer a ese fractal entre la tierra y el agua.
Hay una tensión entre la cometa arriba, ondeando y los pies firmes en el suelo y siempre pienso al llegar al punto en el que el hilo se acaba que debería ceder al deseo de la cometa de volar pero sé que en el instante que soltara el hilo, la cometa caería desplomada.
Deseo imposible que sólo existe oponiéndose a la firme resistencia de los pies sobre la tierra.
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Es verdad que me has escrito, ¡tan sencillo hoy en día!, cómodamente con el laptop en tu regazo, simplemente unas frases que huelen a disculpa, a moho espiritual. Todo esto es verdad y que la huella de lo que supuso nuestra sociedad de solitarios, tejió más redes que las que el tiempo y una muy mal disimulada frialdad pueden desanudar. Tan verdad como que me he decidido a coger mi vieja estilográfica, la he limpiado despacio, con tanta minuciosidad como he podido y después de rebuscar entre las cajitas de madera que guardo en el armario de mi despacho, la tinta del color que me gustaba, la he recargado como si se tratara de una Magnum, para escribirte esta carta. Y he querido que sea así, a la antigua, por correo postal, con su sobre y sus señas y su sello con los bordes en forma de medios círculos, para que tarde unos días en llegarte y así mi espera y tu desconocimiento jueguen al ratón ya l gato del tiempo. No quiero que me escribas más, no quiero que busques y rebusques las palabras más frías del orbe, las más insustanciales y aparentes para parecer interesada; al recibo de la presente espero te encuentres bien, como se decían mis padres cuando escribían, yo bien, gracias a Dios, lamiéndome las heridas tantos años después, porque hay cosas, hay momentos que se olvidan mal y lo sé por experiencia de cuando estuve en el ejército, hay momentos que se reservan una esquina de la memoria para mirarte cada día desde la penumbra y recordarte que estás herido, que las cosas que antes eran sencillas, las que estaban al alcance de la mano o del deseo, ahora parecen haberse mudado al último anaquel de la alacena, inalcanzables como si se tratara del chocolate con almendras de casa de mis tíos. No quiero saber más de ti, ni de tu vida, ni siquiera por si ocurre finalmente que alguien, algo, alguna situación te llevan, como me llevaste tú al dolor, no quiero saber si te mudas de ciudad o si te casas al fin, o si el cáncer de mama con el que soñabas, al que temías, anda creciendo poco a poco en tu pecho; no quiero saber nada y así podré imaginar, imaginarte a mi conveniencia o incluso mejor, podré olvidarte y recordarte según el día; azul olvido marino, gris recuerdo marengo, imaginar que vuelves o que te vas definitivamente, crearte alta o blanca o cóncava, imaginarte amante o distante como casi siempre. No quiero que la realidad me castigue más, prefiero que las cosas se me adapten, me respeten y sé que necesito para ello cortar el hilo que nos une desde el primer beso, ese beso que no querías darme y que yo no debí robar nunca de tus labios, ese y todos los demás, los que fueron carne y pasión y los tibios, los huidizos de los últimos seis meses y medio. No quiero oírte, ni verte, ni tan siquiera que el olor de tus manos de una u otra manera me despierte de nuevo y por eso te escribo esta carta, para suplicar tu ausencia, para siempre, desde ahora.
Almond – Paris 1975
Nota manuscrita del oficial de policía: El presente documento (carta) se encontraba en el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta de Mr. Robert cuando se le encontró junto a la estafeta de correos de la Rue Villard.
*Esta carta manuscrita y la nota posterior han sido traducidas por el traductor jurado Antonio Garman Real nº de colegiado 26.207, en Madrid el 28 de octubre de 2009 a petición de Amelia Catalia Millán y a los simples efectos de su custodia como recuerdo y sin valor legal ninguno.
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Se te va la fuerza por la boca.
No es verdad. Se me va la fuerza por cada poro. Estoy cansado, aburrido, peor aun, descreído
¿Por eso no aprestaste el gatillo?
Puede ser.
¿Puede ser? Ni siquiera en esa actitud te reconozco. Tenemos que hacer algo o te van a terminar pegando un tiro o abriéndote la garganta con una hoja roñosa.
Te lo agradezco, Jonás, de corazón, pero ya es tarde. Los dos sabemos que la primera duda es el aviso final.
¡No jodas! Estamos hablando de ciclos.
De ciclos no. No te engañes, se trata de una línea continua, una línea tenue con su principio y su final y sobre todo con sus pendientes. Nada se repite y sólo hay que estar atento a uno mismo para saber cuando la línea ha tomado decididamente la cuesta abajo.
Estos se arregla con un par de cervezas y una buena mamada de la rubia aquella del 7 y medio.
Eres incansable. Esto no se arregla. lo dejo.
Sabes que no puedes decirme eso.
Ya lo sé.
Sabes que al final me va a tocar a mi arreglar este marrón.
Lo sé.
Y arreglar significa quitarte de en medio.
Lo sé. Lo he sabido siempre.
Entonces ¿por qué te empeñas?
Déjalo, vamos a por esas cervezas y la rubia que dices, que por cierto se llama Julia y de francés nada.
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Escucho un sonido, veo una forma y ambas sensaciones se vinculan eternamente en mi cerebro. La forma suena y es más que todo un conjunto. Permaneces en mi recuerdo como un olor. Después el placer de sentirme dentro, la humedad. Sólo necesito tirar de un hilo para traerte, de una forma, de un sonido, del olor de tus besos. Sólo necesito tirar y el recuerdo se materializa, vive.
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Puestos a contar historias tristes, lúgubres, creo que lo propio sería contar la verdad, tan desnuda como sea posible, sin cifras, sin sumas ni promedios que esconden la enjundia, solamente las historias de una en una, continuamente, las de todos los que habitan. Las llamaríamos historias de los habitantes.
Sería una verdad interminable.
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Hace tiempo que no te metes en mi cama.
Si, hace tiempo que no siento placer al hacerte daño.
No sé si es bueno o malo esto que me dices.
Ya, no sabes nada, por eso has dejado de interesarme.
Entonces «tout c’est fini»
Absolutely.
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La ruleta es un juego de esperanza negativa, o en otras palabras, desfavorable para el jugador. La culpa la tiene la casilla verde, el número cero.
Categorías: Cotidiano
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He dedicado estos últimos días de vacaciones a construir algunas ¿esculturas? en mi jardín, en lo que yo considero una disquisición sobre el tiempo. El tiempo como acumulación, como revolución y sobre todo el tiempo como convención humana, como constructo cultural y por lo tanto solamente comprensible en claves personales, individuales. El tiempo sufrido como espera, el tiempo vacío. En todo caso siempre me ha parecido que hay una estructura, un orden que hace visible el concepto y que seguramente se ha metido en mi cabeza después de siglos de ciclo solar y lunar. Círculo y tiempo parecen emparejados.
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Cada vez que un preboste, generalmente de derechas pero muchos de ellos en las filas del PSOE, dice que hay que aumentar la competitividad, bajan los salarios y las condiciones laborales empeoran.
¡Viva la incompetencia!
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¿Nerea?
Sí, dime…
Soy Tomás.
Si, ya sé, te he conocido la voz, ¿qué tal? ¿cómo es que me llamas?
No lo sé, era una necesidad, un deseo.
¿Te pasa algo?
Nada, no me pasa nada. Es eso.
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Había pensado llevarte flores, de esas amarillas y rojas que te gustan y que como no sé su nombre tengo que buscar entre los puestos de las Ramblas. No me fue posible, al final, con unas cosas y otras interesado en encontrar algo para las niñas y apurado por el tráfico tan espeso de Barcelona lo único que me dio tiempo a comprarte fue un ejemplar de viejo del Poeta en Nueva York en la librería Canuda y en él releí el nocturno de Brooklyn Bridge:
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros
Menos mal que no te compré las flores. ¡Qué difícil te habría sido decirme adiós! largarme de tu vida de un plumazo. Ninguna de las mentiras que me contaste para justificar la decisión merecían un ramo de gerberas. Mejor el libro donde se podía leer:
No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!
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Por mucho que se había esforzado con Tomás las cosas no habían salido bien. El problema era puramente el sexo, sin más. La falta de entendimiento había llegado a límites espeluznantes y lo peor, o lo mejor, lo más gracioso era que en su caso no tenía que ver con la eterna disputa sobre la frecuencia. Tenía que ver con el ritmo. Para Tomás nada como el sexo en cámara lenta, ralentizado al máximo y para Helena el orgasmo, los orgasmos, solo llegaban con un ritmo frenético.
Se veía venir y vino, así que para preparar el territorio árido de la despedida Helena recopiló todo lo necesario, 75 ml de aceite de oliva virgen,1 cebolleta ,2 cucharadas de pistachos, 12 puerros gordos, sal, 2 tomates rojos y vinagre de Módena.
Mientras preparaba la cena pensaba en que solamente algunas veces habían conseguido la perfección, generalmente después de un arranque vibrante, enérgico en el que ella alcanzaba el clímax para pasar a un segundo asalto lento, oriental en el que el reloj se detenía casi. Iba y venía transitando por estos y otros recuerdos mientras limpiaba los puerros, dejando sólo la parte blanca, y los lavaba, procurando eliminar toda la tierra que traían. Los puso en el cesto de bambú cortados y en ramos de tres en tres que había atado con unas finas tiras de puerro sacadas de las hojas verdes del exterior y puso el cesto sobre el vapor de una olla en la que cocían un diente de ajo y el resto de los puerros limpios.
Se acordó entonces de la manía de Tomás por las felaciones y de que a ella no siempre le apetecía.
Una vez cocidos, los dejó enfriar y en un recipiente, mezcló la sal con el vinagre y el aceite, le añadió los pistachos, la cebolleta picada y el tomate pelado, sin semillas y cortado en daditos pequeños.
Estaba decidida, sólo compañía con el mismo ritmo, el mismo gusto, las mismas aficiones relativas a la piel, colocó los ramos de puerro en el plato, añadió la vinagreta y una ensalada de pimientos rojos templados para que Tomás se sintiera tranquilo. Lo que le esperaba necesitaba un comienzo realmente sorprendente.
Categorías: Cocina · Sexo
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Hasta entonces habíamos guardado las formas el uno con el otro, pero era evidente que nuestros encuentros sexuales con otros eran constantes. Realmente no se puede decir que fueran infidelidades sensu estricto y al menos nos dieron, durante aquellos años, la experiencia de compartir que nosotros mismos nos habíamos negado.
No lo recuerdo muy bien, aunque sé que fue en verano, o al menos que el tiempo que hacía animaba a sentarse por la tarde en una terraza de un bar y tomar una cerveza. Así fue, a la vuelta de dios sabe que viaje tuyo que no era sino tapadera de algún que otro asalto a la cama de alguien. Yo ya había decidido ahorcarme en otro árbol y llevaba días y días pensando como decirlo. Pensando una forma que fuera suficientemente hiriente, que no dejara lugar a dudas.
Ahora, después de tantos años apenas recuerdo como transcurrió la tarde. Nos sentamos y te dije que no quería seguir contigo; eso sí que lo tengo claro, que fui rápido, incisivo, como una puñalada de pícaro y también que durante no demasiado tiempo pusiste cara de no entender lo que pasaba.
Yo quería hacer daño, quería irme con todas las de la ley, decirte que me sentía engañado, dolido y que no te quería. Creo que lo dije y realmente era una verdad esférica, sin aristas. Luego se me borra todo, me intentaste convencer de que no me fuera y esa misma tarde dejamos de vernos. Hasta nunca. Adiós. Creo que hicimos bien.
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Luisa había preparado una acelgas al horno; pasó la tarde limpiándolas, cortando esa fina tira que tienen en el borde, limpiándolas de los restos de la tierra roja de la huerta del tío Damián, peló y picó las patatas y la cebolla y lloró aprovechando la disculpa para no tener que dar explicaciones,
para no tener que disculparse por sufrir, aunque estuviera sola, como los últimos dos meses había estado. Luego lo frió todo y puso la fritura en un plato de cristal que tapó con otro como si fuera una cataplana.
Se sentó en la silla de enea junto a la mesa redonda de la cocina y picó el manojo de acelgas muy pequeño mientras en una cacerola calentaba agua para cocerlas durante veinte minutos con algo de sal y un chorrito de aceite. Le había sorprendido la carta, tan escueta: “Te quiero, tanto o más que cuando te dejé marchar, por eso vuelvo. -Dimas” y desde que la abrió en el zaguán, medio a oscuras no había podido entender si la angustia era dolor o alegría y si lo que ella entendía era real, o simplemente quería que lo fuera.
Puso un poco de aceite en una fuente de horno, echó las patatas y la cebolla, algo de perejil picado y pimentón, luego las acelgas, lo mezcló todo y añadió algo más de sal; sabía que algo de exceso el gustaría. Durante años, cuando vivían juntos en París, Dimas empezaba el rito de la comida regando abundantemente de sal cualquier plato, en medio del enojo de una hermosa y joven Luisa que aun no era capaz de dar el punto a los guisos. Batió unos huevos y los vertió sobre las acelgas para poder introducir la fuente en el horno hasta que se doraran.
Mientras aprovechó para escribir las letras que había parido en el dolor y la soledad durante años.
Dejo la breve nota sobre la mesa, junto a la fuente y la puerta franca para él. Se fue y por primera vez en años se sintió liberada.
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Había soñado contigo, como tantas veces, pero esta era, fue algo distinto, más real, menos imaginada y por eso tuve la necesidad de decírtelo, a sabiendas de que no era bueno, no era correcto, que me comprometía una vez más que te podría desagradar y lo peor, que finalmente la confesión sería solo testimonial, con un efecto limitado, a destiempo que no ayudaría sino más bien lo contrario, que ahondaría la distancia, el olvido que según tú no se da si uno no quiere. No tuve más remedio y por eso escribí tan torpemente como soy capaz, ese mensaje corto en mi teléfono móvil y tuve que pensar las palabras para decir tanto como quería y callar lo que fuera hiriente. Quería un mensaje directo, que te dijera de alguna manera que lo que quería estar dentro de ti, penetrarte y sentir si de verdad eres o no eres algo más que un solo deseo.
Después el tiempo se encargó de ponerme en mi sito, dudoso y poco a poco resignado, consciente, finalmente pegado al suelo, realista, o sea triste, decepcionado por nada, porque nada debería decepcionar si nada se espera.
Soñé contigo haciendo el amor, tan sencillo, tan sutil, tan básico como eso. Un sueño húmedo e intenso que me hablaba de mi deseo y de ti.
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Desenredar la madeja del tiempo y la distancia, olvidarse por un momento de cada momento, aplacar el viento interior. Estos trabajos y otros más difusos son los que hacen de cada día una tarea extraña, poco agradable. Al final, o sensiblemente cerca del final están las tardes soleadas para pensar en temas absurdos, en ninfas y dragones o con máquinas precisas que funcionan bien.
Me gustaría no tener obligaciones, pero no es posible, no debe ser, seguramente ni deseable. Y después la noche con su rosario de minutos ensartados.
Días encadenados, ensartados en semanas en el racimo de los meses.
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Durante toda la mañana estuvo preocupado con no olvidar la lista que Lucrecia le había dado para cuando estuviera en el centro. Era una hoja de papel, arrancada de un cuaderno de notas de esos con cuadrados grandes, en la que ella con su letra de colegio de monjas había escrito muy pulcramente: Recoger los zapatos- comprar algo para la comida del domingo ¿Acelgas?- algo tachado que podría ser sobre cremalleras- y un número de teléfono que seguramente era de su hermana en Bogotá, por la cantidad de ceros y números que tenía.
La había dejado en la cocina en el sitio que ocupaba cada mañana para desayunar su café solo y Tomás la puso en el bolsillo de la chaqueta junto a las lleves del coche. Ahora parecía irónico, en medio del tiroteo, que su cabeza volara hasta la nota aquella y que recordara vivamente que que en vez de acelgas había decidido comprar unas espinacas para hacerlas a la catalana con piñones. Desde que recibió el disparo en el hombro y se refugió tras la camioneta con su magnum en la izquierda, atento a los rebotes, no hizo otra cosa que pensar paso a paso la receta:
Poner las pasas en remojo.
Quitar los rabos a las espinacas y lavarlas en agua fría abundante.
Escurrir y escaldar brevemente en una olla con agua hirviendo.
En una cazuela, sofreír la cebolla y los ajos bien picaditos.
Cuando empiecen a estar blandos, añadir el pimiento un par de minutos.
A continuación, añadir el tomate troceado en daditos y el perejil picado. Salpimentar y cocinar unos minutos más.
Añadir las espinacas a la cazuela, los piñones y las pasas.
Añadir un vasito de agua para terminar la cocción de las espinacas y que quede un poco caldoso.
En la fuente en la que se vaya a servir, colocar rebanadas finitas de pan tostado en el fondo.
Ir pasando las espinacas a la fuente, con su caldo, y colocándolas sobre el pan.
Después de repasar mentalmente la receta varias veces y como notaba que la sangre brotaba abundante por el hombro, le dio por reirse acordándose de Luis, el capitán, que siempre le decía que la vida del agente secreto no podía ser normal, como la de cualquiera. Eso depende, Luis, eso depende de cada uno -le contestaba como una letanía-.
Luis tenía razón, así que cuando el “moreno” se puso a tiro, Tomás no falló y el disparo le reventó el parietal. Ya podía centrarse en las espinacas.
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Obviamente las tareas domésticas no era lo que José esperaba como paradigma de su vida y aunque al principio todo se perdonaba en el amor que sentía por Ivana, con el paso del tiempo la erosión de esa ceguera fue cada vez abriéndose paso y llegó un momento que se produjo el equilibrio y esa sensación de que quizá no mereciera la pena empezó a mostrarse, primero de manera esporádica, casi imperceptible y poco a poco fue ganando terreno al resto de las sensaciones, de las horas, y retrocedió la risa, el cansancio, la placidez; pensó en parar, en replantearse todo, en hablar con Ivana e intentar reconducir lo que estaba sintiendo como una carreta desbocada, pero junto a todo se había instalado la sensación de deuda, de que Ivana era feliz, que trabajaba para él, que disfrutaba teniéndole a su lado, haciendo el amor durante las tardes frías de invierno, así que no hizo nada y esa falta de actitud, esa inercia fue aumentando una horrorosa sensación de enfado, de sentirse agredido aunque no sabía por qué ni por quién y la idea prendió en su alma como una chispa prende en agosto sobre la hierba reseca del verano.
Fue rápido y mientras la ahogaba sintió que se orinaba y que en aquél orín que resbalaba, caliente, por sus piernas se iba el odio que había acumulado por pura compasión.
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Hay un miedo fundamental, antiguo que a cada uno se nos manifiesta de una manera distinta. Sólo existe un miedo, como un dios o un demonio. El miedo de la lucidez.
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